Cómo serán los que lleguen al Cielo.

El Evangelio nos presenta una cuestión sobre la que muchos, yo creo que todos, hemos pensado más de una vez: “… los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección…

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El Evangelio nos presenta una cuestión sobre la que muchos, yo creo que todos, hemos pensado más de una vez: “… los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección…” (Lc. 20,27-40). Entonces ¿cómo serán los que tengan la infinita dicha de ir al Cielo?

 

Los cuerpos, una vez resucitados y unidos al alma, estarán libres de deformidades, mutilaciones y achaques. Estarán en su máxima perfección natural (plenitud del ser). Serán de una edad como la de Cristo, aproximadamente 33, 36 o 37 años (6 a. C. – 30 d. C). Tendrán diferencias sexuales y órganos de la vida sensitiva, pero no se ejercerán las facultades biológicas y vegetativas, como comer, beber, procrear “En la resurrección todos serán cómo ángeles en el cielo” (Mat. 22,30).

 

En cuanto a sus cualidades serán las siguientes según el modelo de Jesús Resucitado que aparece en los Evangelios (Cfr. Mt 28 ss.); (Mc 16, Lc 24); (Jn 20 ss.); (Flp. 3, 21); por ello, semejantes a Su cuerpo implicará:

 

Impasibilidad, es la propiedad de que no sea accesible a ellos mal físico de ninguna clase, es decir, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte; “imposibilidad de sufrir y morir”: “Él enjugará las lágrimas de sus ojos, y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto es ya pasado” (Ap. 21, 4); “Ya no pueden morir” (Lc 20, 36). La razón intrínseca de la impasibilidad se encuentra en el perfecto sometimiento del cuerpo al alma que es inmortal.

 

Sutilidad, es sutileza o penetrabilidad. Es la propiedad por la cual el cuerpo se hará semejante a los espíritus en cuanto podrá penetrar los cuerpos sin lesionarse ni lesionar, es decir, podrá atravesar otros cuerpos. No se debe creer que por ello el cuerpo se transformará en sustancia espiritual o que la materia se enrarecerá hasta convertirse en un cuerpo “etéreo”. Veamos ejemplos conforme al cuerpo resucitado de Cristo: Jesús resucitado atravesó las sábanas (Jn 20, 5-7); salió del sepulcro sellado por la piedra (Mt 28,2) –Un ángel movió la piedra, no para que Jesús saliera, sino para que las mujeres que fueron a visitar el sepulcro pudieran entrar allí y ver que el Señor ya no estaba–; entró en el Cenáculo aún estando cerradas las puertas –atrancadas, dice el original griego– (Jn 20, 19.26). La razón intrínseca de esta espiritualización la tenemos en el dominio completo del alma glorificada sobre el cuerpo, en cuanto es la forma substancial del mismo.

 

Agilidad, es la capacidad del cuerpo para obedecer al espíritu en todos sus movimientos con suma facilidad y rapidez, es decir, en forma instantánea. Esta propiedad se contrapone a la gravedad y peso de los cuerpos terrestres, de acuerdo a la ley de la gravitación. El modelo de la agilidad lo tenemos en el cuerpo resucitado de Cristo, que se presentó de repente en medio de sus apóstoles y desapareció también repentinamente: “Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero Él había desaparecido de su vista” (Lc 24, 31); “ Es verdad, ¡El Señor ha resucitado y se apareció a Simón!” (Lc 24, 34); “Todavía estaban hablando de esto cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo “La paz esté con ustedes” (Lc 24, 36). La razón intrínseca de la agilidad la hallamos en el total dominio que el alma glorificada ejerce sobre el cuerpo, en cuanto es el principio motor del mismo, por lo que este no le opone resistencia.

 

Claridad, es el estar libre de todo lo ignominioso y rebosar hermosura y esplendor. Jesús nos dice: “Los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre” (Mt 13, 43); un modelo de claridad lo tenemos en la glorificación de Jesús en el monte Tabor (Mt 17, 2); y después de su resurrección (Cf. Hch. 9,3). La razón intrínseca de la claridad la tenemos en el gran caudal de hermosura y resplandor que desde el alma se desborda sobre el cuerpo.

 

Es menester aclarar que el grado de claridad será distinto –(1 Cor 15, 41), haciendo referencia a la condición de los cuerpos resucitados: “Cada cuerpo tiene su propio resplandor: uno es el resplandor del sol, otro el de la luna, otro el de las estrellas, y aun las estrellas difieren unas de otras por su resplandor”– y estará proporcionado al grado de gloria con el que brille el alma; y la gloria dependerá de la cuantía de los merecimientos.

 

Merece la pena ¿verdad? Pues para que no se lo pierdan, para que un día puedan disfrutar no sólo de tales cualidades, sino sobre todo de la visión beatífica, es decir, el poder ver a Dios constantemente, conviértanse, oren y hagan penitencia, que lo de aquí, por duro que nos pueda parecer, no es nada con el premio que se nos tiene prometido; de otra forma, el Infierno, también prometido a los malos, es la alternativa y en él los dolores y sufrimientos son indescriptibles. Sí, merece la pena, después de sufrir aquí un poco, si somos dignos por la gracia de Dios y por nuestras obras de llegar al Cielo, la eternidad que nos espera no puede ser más atractiva; de verdad.

 

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